LOS SEPELIOS DE LOS N.N.: SIN LLANTOS, REZOS NI DIGNIDAD

Añoranzas de un cronista I

“Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana

Diario del caribe
9 de marzo de 1989

No estás completamente abandonado: los espíritus de la muerte en la vida te buscan, y en la muerte te rodean.

Edgar Allan Poe

No hay llantos, rezos ni lamentaciones. Tampoco caja mortuoria ni mucho menos cortejo fúnebre. El único vestigio de consideración lo recibe el cuerpo, que es lanzado literalmente a un sepulcro que tiene sólo la profundidad suficiente para amainar la fetidez de la muerte.

Así, en la más profunda indiferencia y sin el mínimo respeto para con la muerte, son sepultados los cadáveres sin identificar, los denominados NN, los que no tienen nombres, que casi a diario se reciben en el Cementerio Municipal Calancala de Barranquilla, víctimas desconocidas de la violencia soterrada que azota a esta ciudad.

Es una triste y lamentable situación, donde la incapacidad de las autoridades para identificar un cadáver, degrada la condición humana de la víctima y la condena casi que a no ser acompañada a su última morada, ni por los espíritus de la muerte de los que habla Poe.

Esta realidad aterradora comienza desde el mismo momento en que el cadáver es llevado a la sala de necropsias del Cementerio Calancala, un recinto lúgubre y maloliente en donde el cuerpo permanecerá 48 horas a merced de la descomposición y el olvido, en espera de un doliente.

Si en ese tiempo no aparece un deudo o alguien quien identifique el cuerpo, el ritual de indolencia continuará con el traslado a la zona de solemnidad, un olvidado paraje al final del cementerio donde la inclemencia del sol y el abandono no han dejado verdor alguno.

El cuerpo es transportado en una vieja carreta empujada por un indiferente sepulturero quien lo enterrará tal y como el cadáver fue llevado al cementerio, es decir, si llegó sin vestimentas, así mismo será lanzado a la fosa, sin ser envueltos siquiera en una bolsa plástica, ni mucho menos mortaja alguna.

– Para qué mortaja, al fin y al cabo ellos no tienen deudos que los lloren ni los velen-. Dice uno de los sepultureros.

Una vez la fosa es cubierta, el sepulturero coloca encima un trozo de la ropa que lleva el desconocido, como única señal de identificación en caso que después de enterrado, se presente alguna posibilidad de ser identificado.

La zona de solemnidad del Cementerio Calancala de Barranquilla está sembrada de maderos en los que se lee:

“Nov. 17 del 88, con bigote”…
“Ene. 10 del 89, tatuaje brazo”…
Feb. 8 del 89, blanco”…

Estos ni siquiera tendrán sobre su tumba una cruz, porque si la incapacidad de las autoridades no permite que se conozca su identidad, mucho menos se sabrá su inclinación religiosa.

Sin embargo, algunas cruces se encuentran en la zona de solemnidad, y son las colocadas sobre las tumbas de aquellos que habiendo sido enterrados como N.N. posteriormente logran ser reconocidos por sus familiares.

VERGONZOSA REALIDAD

Un descolorido aviso en el que se difícilmente se lee, “D PARTAMENTO DE MED CINA L GAL DEL ATL NTICO”, por las letras que se han caído, identifica a las instalaciones donde funciona este organismo en Barranquilla.

Son unas pobres instalaciones con paredes tan descoloridas como el aviso que las precede y donde la carencia de implementos y equipos es evidente.

Su Director, Eduardo Urdaneta, es el único vestigio de modernidad que se aprecia en el recinto, por su elegante vestimenta de Médico Forense. El mismo lo reconoce así, al expresar que:

– Nuestra carencia de equipos y laboratorios no nos permiten constituirnos en el apoyo que la administración de justicia requiere.

El rimbombante nombre del Departamento de Medicina Legal, es sólo eso, un nombre, por cuanto no cuenta con laboratorio de toxicología, de balística, ni tampoco clínico para poder realizar su labor con propiedad.

La negligencia de la justicia para con esta dependencia llega hasta la vergonzosa realidad de no contar siquiera con un experto en necrodactilia para poder establecer la identidad de los cadáveres.

Por eso en los casos de muertos no identificados el Departamento de Medicina Legal no puede practicar ninguna diligencia para establecer la identidad de los mismos.

Esto lleva también a una espantosa impunidad puesto que al no poder ser identificados los cadáveres, los organismos investigativos no se preocupan por esclarecer la muerte de estas personas, que en un 98 por ciento de los casos han sido asesinadas.

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