LA CRONICA

El silencio y la soledad de su estudio era el sitio preferido del profesor Julián Antonio.

En su época de periodista adoraba el insomnio intelectual que lo atropellaba en la cama y lo obligaba a abandonar la cálida y acogedora respiración de su esposa Graciela para apaciguar las alborotadas musas que revoloteaban en su cabeza. Entonces, como un amante furtivo, se levantaba con sigilo de la cama y se escapaba al estudio donde el amanecer lo sorprendía escribiendo.

Ahora, apartado del ejercicio activo del periodismo, ese pequeño espacio se había convertido en una especie de caja de recuerdos y añoranzas a donde acudía a reencontrarse con sus meditaciones.

Hasta allí fue a buscarlo su esposa Graciela al ver que tardaba en regresar al lecho. En años anteriores no lo sentía levantarse de la cama, pero la edad le había hecho perder la agilidad y el sigilo de sus movimientos al levantarse.

– Sabes qué hora es. – Le dijo. Y ella misma se respondió. – Van hacer las tres de la madrugada y en un rato tienes que levantarte para ir a la universidad.

– Lo sé mujer. Termino de repasar unos detalles para la clase y me vuelvo a acostar. – Contestó él guardando unos libros en su maletín.

– Que tratarás mañana, o mejor dicho, hoy? – Le interrogó ella.

– La crónica. – Contestó él fingiendo desinterés.

– ¡Lo sabía! – Exclamó Graciela, como si acabara de resolver a su favor una apuesta.

Era tal el interés que ponía su esposo a ese tema, que desde la víspera a tratarlo, repasaba una y otra vez sus fichas de apuntes.

En muchas ocasiones le había manifestado su preocupación por el abandono en que habían dejado los diarios a la Crónica como género periodístico y se resistía a que esta fuera relegada sin pena ni gloria, cuando en las páginas de los diarios locales de Barranquilla, Colombia, su ciudad natal, publicaron excelentes cronistas como Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Juan Gossaín e incluso el mismo García Márquez, y otros que siguieron esa estela de incuestionable calidad, como Ernesto McCausland, José Cervantes Angulo, Fabio Poveda Márquez y Sigifredo Eusse, entre otros.

Pero, ¿por qué la ausencia de un género periodístico que ha dado satisfacción tanto a los medios de comunicación como a los lectores?, se preguntaba sin encontrar respuesta.

Le resultaba incomprensible la indiferencia a la que ha sido relegada la crónica en los periódicos, sin que nadie o quienes debieron reclamar o promover su permanencia como las facultades de periodismo, las agremiaciones de periodistas y los mismos periodistas.

Julián Antonio era un convencido de que la causa de esta ausencia no estaba en la falta de periodistas para abordar la crónica, ni en la ausencia de lectores amantes de este género. No, para él la razón principal estaba en la falta de apoyo de los editores de los diarios, quienes no permiten y mucho menos fomentan el desarrollo de las características narrativas que debe tener el periodista actual.

Por experiencia propia sabía que no es fácil abordar la crónica si no se tiene el apoyo de los directores o editores de los medios impresos para hacerlo o la voluntad de estos para aceptar el hecho de que se hace imperativo retomar algunas características del periodismo narrativo del pasado.

Sabía también que esa capacidad narrativa no se puede desarrollar con la presión taladrante de un editor angustiado por no amanecer “chiveado” por la competencia, y sin que se le permita al cronista espacios de tiempo para que investigue, observe, analice y estudie un tema, personaje o hecho, para luego contarlo de manera profunda y amena, que son las exigencias del lector actual.

En la historia de las grandes crónicas existen muchos ejemplos sobre el largo tiempo que invirtieron sus autores, antes de presentarlas al público. Se sabe que Norman Miller estuvo muchos meses detrás de Cassius Clay para su relato de ‘El rey de la colina’; y lo mismo hizo García Márquez con el marinero Luis Alejandro Velasco, para escribir ‘Relatos de un náufrago’. Gay Talese necesitó semanas enteras para escribir las crónicas que lo hicieron famoso durante su paso por The Times, y él en su libro Fama y Oscuridad manifestó, que esto no hubiera sido posible sin el apoyo e, incluso, la motivación que fomentaba en el equipo de redactores el director Harold Hayes.

Por eso, ahora desde su perspectiva de docente universitario, Julián Antonio encontraba el espacio propicio para, por lo menos, fomentar entre sus alumnos el rescate de un género que debe ser de obligada presencia en los diarios.

Cada vez que le tocaba abordar el tema lo hacía con una pasión y emotividad que lo llevaban a cambiar toda su habitual rutina, no solo en su casa como bien lo sabía Graciela, sino también frente a sus alumnos.

– Ven a descansar que aún puedes beneficiarte de unas horas de sueño. – Le dijo su esposa con ternura -.

– No solo se descansa cuando se duerme mujer. Pero no te preocupes, recojo todo y me acuesto. – Respondió él también con cariño.

***

Por lo general, Julián Antonio llegaba al salón de clases cuando todos los alumnos ya estaban en él, pero cuando el tema a tratar era la Crónica no lo hacía así. Llegaba antes que ellos, y ese día no sólo llegó antes, sino que lo hizo llevando consigo un maletín de regular tamaño, que colocó sobre el escritorio, cosa inusual en él.

Gustavo Klever, el clásico bromista que no falta en los cursos, fue el más sorprendido con la presencia de Julián Antonio. Al entrar, silbando, como siempre lo hacía, detuvo el paso y extrañado exclamó.

-!Uy¡, profe, ¿y eso?-, y señalando el maletín sobre la mesa dijo graciosamente: -Ya sé, lo echaron de la casa.

Todos rieron con la ocurrencia, incluso el profesor que palpando el maletín, contestó:

-No, Gustavo, no es ropa lo que contiene, es una sorpresa para quienes se porten bien en clase.

– Como en el parvulario profe. – Dijo el estudiante haciendo palmas con las manos, imitando a un niño. – Nuevamente sus compañeros le festejaron la gracia con una nueva carcajada.

– Sí como en el Parvulario Gustavo, porque al parecer aquí algunos no han madurado. – Respondió el profesor cortando la carcajada de los alumnos

Se hizo un profundo silencio que fue aprovechado por el profesor para decir en tono alto, claro y ceremonioso.

– “La Crónica es el género reina del periodismo y quien lo cultive, tiene asegurado un destacado lugar en el ejercicio de la profesión. La Crónica es en el periodismo la nota refrescante en el transcurrir noticioso de la prensa escrita, por su belleza literaria, por su capacidad descriptiva y por su mágico encanto de informar recreando.

La Crónica, – repitió emocionado, – juega un papel importante en el esquema del nuevo periodismo del que hablamos en la clase pasada, por cuanto es también narrativa, interpretativa y personalizada.

Este género periodístico ha existido casi desde el comienzo de la humanidad. La afirmación la fundamento, al igual que otros autores, en el convencimiento de que se hizo crónica desde el mismo momento en que en la biblia se cuenta la creación del mundo, aunque algunos autores como Gonzalo Martín Vivaldi, consideren que este ejemplo que traigo a colación, tomado de su libro Géneros Periodísticos, corresponda más a un reportaje puro que a la crónica.

“Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo… Dijo Dios: Haya luz y hubo luz… Dijo luego Dios: Haya firmamento en medio de las aguas…”

El Génesis es descriptivo, valorativo, y con un toque literario, características esenciales y diferenciales, en mi concepto, de la crónica pura.

Personalmente defino la crónica como el relato literario de un hecho periodístico, actual o actualizado, en el que con su relato el autor despierta emociones en el lector. Literario por la esencia descriptiva y emotiva con la que el autor cuenta un hecho de interés recreándolo con un lenguaje personalizado con el que no solo narra, sino que interpreta, explica y valora situaciones e incluso dibuja personajes.

Se hace crónica incluso en la descripción del perfil de un personaje, observémoslo en el siguiente aparte de la crónica Guayasamín, del libro de Héctor Moreno, Crónicas del Tiempo y del Hombre:

“Con su cara de tierra -de semilla-, Oswaldo Guayasamin, un indio puro, no revela a primera vista la tremenda energía de su espíritu. Si no luciera ahora una detonante guayabera roja y un estilizado pantalón verde, como cualquier nuevo rico brasilero en vacaciones por las calles de Quito, se pudiera confundir con el nativo que arrastra por los atrios la tristeza de su raza vencida, mientras vende al alelado visitante sombreros de jipi-japa y ponchos de colorines”.

El párrafo revela la cualidad descriptiva de la crónica porque nos dibuja al personaje con sus sentimientos y su entorno. Es emotivo, porque su relato despierta sensibilidades y pasiones, e interpretativo y personalizado, porque valora situaciones, encierra el concepto y visión personal del autor sobre el personaje que describe.

El cronista no se limita sólo a la reseña periodística, sino que va más allá, valorando el hecho, explicándolo cuando se requiera y recreándolo con su prosa lírica, sin que pierda el carácter noticioso.

Para él, no basta decir que la crisis cafetera tocará fondo al acordarse un bajo precio para el café colombiano en Nueva York, descuidando o dejando por fuera las consecuencias que ese precio trae para los pequeños cafeteros del país.

García Márquez, en su época de periodista nos dejó varios ejemplos de lo dicho. Observémoslo en un párrafo de una crónica publicada por el diario El Espectador, en febrero de 1955:

“En la mañana de ayer, el Presidente de la Federación de Cafeteros declaró al redactor financiero del El Espectador: “Tengo la impresión absolutamente personal, de que la crisis cafetera está buscando piso y que el panorama general puede despejarse de un momento a otro”. El redactor de El Espectador que ayer tarde viajó a Santandercito a entrevistarse con Aristides Gutiérrez, un pequeño cafetero, le hizo leer la transcrita declaración del Presidente de la Federación de Cafeteros y Aristides Gutiérrez confesó no entender una sola de las veinticinco palabras de la declaración, pero entendió perfectamente que si el café había bajado en Nueva York, no podría pagar este año todas las cuotas de la parcela que compró a principios del año pasado a tres kilómetros de Santandercito”.

-¿Pero, profesor,- dijo uno de los estudiantes, sacando de su embelesamiento a Julián Antonio – lo que usted nos quiere decir es que para ser un cronista hay que tener un alto vuelo literario o ser un escritor?

-No, ni lo uno ni lo otro – respondió el profesor, y continuó:

-Una excelente crónica no depende del alto vuelo literario o intelectual del autor, ni requiere que éste sea un escritor. En mi opinión, basta con que tenga un aceptable nivel de cultura general, un alto grado de sensibilidad y una gran capacidad de observación y de descripción. Los demás elementos característicos de la crónica podrá incorporarlos con la lectura, el ejercicio y la práctica del género. Los cronistas se van haciendo con el ejercicio y la escritura, siempre y cuando cuenten con las condiciones básicas.

-¿Y cuáles son esas condiciones básicas para escribir una crónica?-, preguntó con interés otro alumno.

-Durante la exposición he insistido en el elemento personal que está inmerso en la crónica, al presentar los hechos de acuerdo con la percepción del autor. Esta particularidad de presentar los hechos de una manera personalizada no admite, por consiguiente, reglas específicas para abordar la Crónica. Cada autor tiene su propia técnica para escribirla. Pero si bien es cierto que la crónica no está amarrada a las normas periodísticas de los demás géneros, sí debe seguir algunas pautas, necesarias y requeridas, para infundir la vitalidad y el color que la caracterizan.

Esas pautas, según varios autores, son las siguientes:

1.- El comienzo o entrada: Como en todo escrito, el inicio y, en general, el primer párrafo es importante y decisivo para captar la atención y el interés del lector. Desde la primera frase, el cronista debe llamar la atención del lector y sumergirlo en un relato en el que cada construcción despierte el interés por lo que sigue. Para lograrlo el cronista debe recurrir a su buen juicio, a su destreza descriptiva, a su encanto narrativo y, sobre todo, a su visión periodística para seleccionar el detalle significativo, que dé pie para el desarrollo de su relato. El detalle preciso -según el Periodista, Javier Darío Restrepo- deja al lector la sensación de que quien lo cuenta estuvo allí, averiguó y comprobó lo sucedido.

Gay Talese aborda así el inicio de su crónica ‘Pánico en Brooklin’, de la serie El Puente publicada en el libro Fama y Oscuridad, de Ediciones Grijalbo 1975.

-“Hijo de puta… – gritó el viejo zapatero italiano, de pie en la puerta de las oficinas de la inmobiliaria de Brooklin, mirando con rabia a los hombres sentados detrás de los escritorios en el fondo de la habitación-. Hijo de puta… –repitió cuando nadie le hizo caso.

-Eh – saltó uno de los hombres poniéndose de pie – ¿con quién está usted hablando?

-Con usted– Dijo el zapatero, apoyándose, tambaleando, con su cuerpo pequeño y desaliñado, en la puerta y mirando con sus ojillos negros congestionados como si hubiera estado bebiendo-
Me quitan mi tienda… No me dan nada… Son…

2.- Las metáforas: Las metáforas le dan sazón a la crónica, colorido, la enriquecen y le añaden ese toque literario que la caracteriza. Sin embargo, se requiere ser muy cuidadoso en su uso y se debe recurrir a ella, cuando el desarrollo del texto lo requiera y sus imágenes sean claras, oportunas y con sentido. “El lenguaje figurado metafórico entraña un peligro del que todo buen cronista debe huir; el peligro de la frase hecha, del lugar común, de la frase gastada, de aquella expresión que a fuerza de ser usadas ha perdido su fuerza expresiva”, advierte a este respecto, Gonzalo Martín Vivaldi.

Un claro ejemplo del buen uso de las metáforas lo hace Truman Capote en su libro A Sangre Fría. Analicémoslo en este aparte de la página 79 de la edición hecha por la Editorial Oveja Negra.

“Muy lejos, en Olathe, en una habitación de hotel con persianas que velaban la luz del sol de medio día, Perry dormitaba mientras un radio portátil gris murmuraba a su lado. Aparte de quitarse las botas, no se había tomado la molestia de desvestirse. Se había echado sencillamente boca abajo, como si el sueño fuera un arma que le hubiera herido por la espalda”.

3.- Lenguaje sencillo: Me he referido a la obligación que tiene el periodista de elaborar escritos que lleguen impecables para el lector en cuanto a construcción, claridad de conceptos y sencillez idiomática. La razón: garantizar que su trabajo final sea comprendido, asimilado y digerido por los lectores.

Un lenguaje rebuscado no encaja en la crónica, porque le haría perder su naturalidad, color y, sobre todo, fluidez, requisitos que le dan, a su vez, vitalidad.

Un lenguaje natural no es una construcción ligera y facilista. Es la utilización de la palabra precisa, de fácil comprensión, el lenguaje corriente, esencial y válido para que los lectores tengan total comprensión de lo que se les cuenta.

No es fácil alcanzar esa sencillez literaria. En más de una ocasión García Márquez ha hablado sobre la lucha interna que sostiene con cada palabra cuando escribe sus obras, lucha que tiene su recompensa en un relato ordenado y fluido en el que cada palabra tiene su razón de ser y su exacto significado.

Veámoslo en este aparte de la crónica “La marquesita de la Sierpe” de su libro Crónicas y Reportajes, editado por Oveja Negra.

“Hace algunos años vino al consultorio de un médico de la ciudad un hombre espectral, vidrioso, con el vientre abultado y tenso como un tambor. Dijo:
“Doctor, vengo para que me saque un mico que me metieron en la barriga”. Y explicó que venía del sureste del Departamento de Bolívar, de un cenegal situado entre el San Jorge y el Cauca, más allá de los cañadulzales de La Mojana, más allá de los bajos de La Pureza, de los breñales de La Ventura y de los pantanos de La Guaripa. Venía de Sierpe, un país de leyenda dentro de la Costa Atlántica de Colombia, donde uno de los episodios más corrientes de la vida diaria es vengar una ofensa con un maleficio como ese de hacer que al ofensor, le nazca, le crezca y se le reproduzca un mico dentro del vientre.”

4.- Extensión: Las frases construidas de manera concisa y clara caracterizan la buena crónica. Algunos autores fijan parámetros en la construcción de las frases y los párrafos, estableciendo como ideales, frases que no excedan de las 15 o 17 palabras y párrafos con un máximo de 70 u 80 palabras para facilitar la lectura y expresar gratamente la presentación del trabajo.

En cuanto a la extensión total de la crónica, se recomienda que esta sea corta, aunque en mi opinión, la extensión está determinada por el interés que despierta el hecho abordado y los elementos interesantes que presente el autor a lo largo del relato. Es decir, el que sea corto no es un parámetro de obligatorio cumplimiento para quien aborda la crónica, puesto que desde que exista interés en el relato, puede prolongarse según lo considere el autor, teniendo mucho cuidado en que el interés no se pierda.

La buena crónica no debe sujetarse a condiciones de espacio previamente delimitado, como tampoco admite rellenos para cubrir vacíos de diagramación. De hacerse, se perderá armonía y fluidez.

La aplicación correcta de estas recomendaciones, sumada a las cualidades del cronista, debe dar como resultado hermosos trabajos periodísticos como esta crónica presentada por Javier Darío Restrepo, durante un Seminario Nacional de Periodismo Judicial en 1983 en Bogotá, al que ya hicimos referencia:

“Esta tranquila ciudad murió durante el sueño la noche del miércoles. Un tornado tronchó a Udall como un feroz latigazo. La ciudad quedó arrasada. En menos de un minuto quedaron segados a ras de suelo 60 años de crecimiento. Fue lo que ellos llaman una noche de tornado en las planicies del sur. En total murieron 115 personas en cuatro Estados, 62 de ellas en Udall. Hay más de mil heridos. Pero a Udall le tocó la peor parte. Udall fue barrida.

Cayó en el pueblo a las 22:29. Scott Mathews, de 25 años, barbero, estaba durmiendo en la trastienda. No se ha encontrado. Tampoco se encuentra su casa. Había una reunión social en el salón de la piscina municipal. Se han rescatado catorce cuerpos de entre los escombros. Había en esta población de 500 almas tres hogares para ancianos. Se han extraído diez cuerpos de entre las ruinas. Tal vez haya una docena más.

El momento de la catástrofe fue marcado por la única operadora telefónica de la población. Las operadoras que estaban en comunicación con ella desde otras poblaciones vecinas perdieron contacto a las 22:29. Su cuerpo fue encontrado al amanecer.

Son contados los habitantes que vieron la llegada del fenómeno. Los automovilistas de paso por el lugar se horrorizaron cuando encontraron solo un manto oscuro donde debía estar Udall.

Nadie habita ya aquí”.

– Respondido el interrogante sobre la técnica en la crónica, se preguntarán ustedes por el estilo de la misma. Si como hemos dicho, la crónica se identifica por el carácter personalizado del autor y no se somete al orden formal de la noticia, tampoco puede hablarse de un estilo definido de la misma y, por lo tanto, el autor está en la libertad en cuanto al modo de escribirla.

No obstante, no debe perderse de vista que la crónica como género periodístico, sí está sometida a la esencia noticiosa. Aceptado esto, no se puede hacer crónica periodística sin que tenga como eje central la noticia. Esto es, el cronista podrá recrear o enriquecer la descripción del escenario de una matanza de la manera que quiera, pero no podrá dejar por fuera el hecho noticioso, que en este caso serán los muertos.

“El traquetear de las ametralladoras y las bazucas, rompió el silencio que como una esfera de cristal envolvía la noche del viernes a Minca. Belisario Cruz y su esposa Margarita, cuya casa estaba al lado del pequeño comando de la Policía, no alcanzaron a levantarse de su cama, un mortero la destruyó por completo junto con las instalaciones de la Policía, donde seis agentes trataron con valentía de repeler el ataque guerrillero pero no pudieron. Ellos, al igual que los esposos, quedaron sepultados entre los escombros.”( Alfonso Ricaurte M. Diario del Caribe)

De igual manera, el cronista designado para el cubrimiento de las reuniones de la Asamblea Departamental o del Concejo Distrital, podrá deleitarse describiendo la monumental zambra que protagonizaron los diputados o concejales, pero no podrá olvidar reseñar la aprobación o aplazamiento de determinado proyecto.

-Profesor, teniendo en cuenta el carácter personal de la crónica, entonces ¿tampoco podríamos hablar de una clasificación?

-No hay un criterio definido o consenso sobre una clasificación de este género periodístico, precisamente por el carácter personalizado. Sin embargo, desde hace algún tiempo los diarios incurren en la tendencia errada de rotular como crónica algunos trabajos noticiosos o, en el mejor de los casos, a reportajes. Es común encontrar en los diarios antetítulos anunciando “la crónica política”, cuando en realidad su contenido es puramente informativo. En igual error se incurre cuando señalan otras áreas como la deportiva, la judicial, etc.

En lo que a mí respecta no comparto esa clasificación porque, insistiendo en el carácter personalizado de la crónica, soy un convencido de que el cronista no establece ninguna clasificación antes, durante ni después de escoger el tema. Él, el cronista, después de decidir el detalle significativo de su historia, simplemente comienza, como ingenioso arquitecto, la construcción de su obra, precisando todos los detalles y aprovechando todos los elementos que le sirva para entregar al final una sola pieza limpia, homogénea, única, que se yerga con su estructura propia: la crónica.

Esa percepción del hecho sobre el que escribirá, tendrá una intensidad en el autor y esta intensidad determinará, a su vez, las dos clases de crónica que en mi concepto existen: la crónica de profundidad y la crónica parroquial o cotidiana.

De la crónica de profundidad, hemos venido hablando a lo largo de esta intervención. Martín Vivaldi la define como aquella que “exprime la noticia procurando desentrañar lo que, oculto a veces en la entraña de los hechos, no suele ver el reportero. Aquella que no es la pura y simple anatomía del suceso, sino su fisiología, su sicología, su fenomenología. Lo externo matizado por la mente que capta el suceso. Aquella en que la mirada del auténtico cronista atraviesa, por así decirlo, el mundo entorno, convirtiendo lo opaco en traslúcido y transparente”.

La crónica parroquial o cotidiana, por su lado, trata el interés noticioso que despierta un tema en apariencia intrascendente u oficio curioso; la trágica muerte del día o la frase graciosa o polémica de un político o funcionario.

Algunos autores la denominan croniquilla o folletín, denominaciones que no comparto porque tienden a desmejorar su estatus, a desvalorar su alcance y a menospreciar la visión del autor y su capacidad para ver lo que la mayoría no supo ver.

Sin lugar a dudas, en la crónica cotidiana, aciertan aquellos autores que sostienen que debe aflorar la agudeza periodística de quien la escribe, el humor, ingenio, capacidad literaria y dotes narrativas, para hacer ver la trascendencia de un hecho a primera vista trivial.

Analicemos el siguiente hecho en el que se da a conocer el hallazgo de drogas camufladas en el interior de la imagen de un santo, descrito desde el punto de vista de un redactor de noticias y posteriormente veremos el de un auténtico cronista.

El redactor de noticias la aborda así:

Descubren droga en
Imagen de un santo

Novecientos cincuenta gramos de marihuana y 110 de base de coca fueron descubiertos en el interior de la imagen de un San Gregorio, cuando miembros del Grupo Elite de la Policía, realizaban un patrullaje de rutina en inmediaciones del sector de Las Colmenas, en Barranquillita.

La droga estaba ingeniosamente camuflada en el interior de un busto de un San Gregorio, al que le habían hecho una cavidad en la parte superior de la cabeza, que después disimulaban perfectamente con el sombrero que identifica al beato médico venezolano.

De acuerdo con informaciones de la Policía, los consumidores de droga se acercaban a la imagen y fingían que le rezaban y daban diezmos y a cambio recibían la porción de la droga.

El ingenioso “narco santo”, fue descubierto de pura casualidad por uno de agentes del Elite, quien tropezó el sombrero del santo y dejó al descubierto la droga.

En el operativo fueron capturadas tres personas quienes eran los encargados de la venta de la droga.

Mientras que una versión del cronista podría ser esta:

San Coleto
————–
Nuevo candidato
para el santoral

Un nuevo candidato ha surgido para ser incluido en el ya copioso santoral que reina en este país del Sagrado Corazón.

Su nombre: San Coleto, y su cuna, el sector de Las Colmenas en Barranquillita, donde ayer fue descubierto por la Policía, repleto de marihuana y base de coca.

Pero aunque su cuna está rodeada de la humildad y el desamparo que suele caracterizar al más encumbrado miembro del santoral, el camino a la canonización de San Coleto es incierto y dudoso ya que a diferencia de sus santos colegas, sus “virtudes de sanación” sólo la reclaman un grupo de devotos… pero a la Marihuana y a la cocaína.

Otra piedra en el camino a la canonización lo representa el hecho de que el nuevo candidato no goza de imagen propia y sus “devotos” en su afán de lograr su objetivo, incurrieron en un atrevimiento imperdonable que aún tiene santiguándose a todas las beatas de la ciudad; suplantar la imagen de nadie más ni nadie menos que San Gregorio Hernández, al meterle en su interior, 900 gramos de marihuana y 110 de base de coca.

Nadie ha preguntado a los jíbaros del sector de Barranquillita, promotores de la santificación por qué incurrieron en el sacrilegio de escoger el interior de la imagen de un santo para esconder y vender la droga. Por eso a este cronista, haciendo de abogado del diablo, se le ocurre pensar que estos justificarían el hecho argumentando que, si para toda necesidad hay un santo, ellos también merecen tener el suyo.

Argumentaría, además, la efectividad e inmediatez del santo en la realización del milagro, ya que una vez pagado el diezmo y dicha la oración: ” Ay San Coletico, mándame un tabaquito “, allí mismo era concedida la petición.

En fin, si de dar al César lo que es del Cesar se trata, hay que decir que si los desempleados tienen a San Pancracio; los reclusos, a la Virgen de Las Mercedes; los pescadores, a la Virgen de La Candelaria; los conductores, a la Virgen del Carmen; las solteronas, a San Antonio; los rumberos, a San Pascual y los políticos a San… Tofimio, qué más da un San… Coleto para los drogadictos.

Nótese la gran diferencia entre las dos reseñas periodísticas. En la crónica cotidiana, el cronista recrea el hecho, lo sazona con nuevos ingredientes y lo enriquece graciosamente con otras situaciones que están latentes en él, pero que el ojo del periodista noticioso no pudo ver.

Al concluir el ejemplo, Julián Antonio se dirigió al centro del salón, se guardó las fichas de orientación en el bolsillo de la camisa y con voz ceremoniosa sentenció:

-Quien no amplía su horizonte se condena a un futuro limitado en el que no irá más allá de donde lo lleve la corriente. No se encasillen, el periodista está obligado a trazar los caminos hacía un cambio positivo. Esa es su misión y su razón de ser.

Hubo un corto silencio, que “Gustavo” Klever se encargó de romper con su original gracia.

-¡Ajá, profe!, nos portamos bien, así que véngase con la sorpresa.

Como siempre, sus compañeros celebraron la ocurrencia con otra contagiosa carcajada.

– ¡Ah!, cierto, me olvidaba,- dijo animado Julián Antonio dirigiéndose hacia la mesa donde estaba el maletín.

– ¿Qué es?,- preguntó curiosa una de las estudiantes.

El profesor Julián Antonio no contestó y con el maletín entre los brazos fue entregando este libro que ahora tiene usted en sus manos.

Próximo capítulo. Crónicas del recuerdo

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