Almacén de Recuerdos

10 Relatos 10 emociones

Frente a la puerta abierta del refrigerador, Reymundo Sanjuan no supo si acababa de abrirla o ya se disponía a cerrarla. Fueron unos segundos de incertidumbre que resolvió al ver que llevaba en su mano izquierda una camisa recién planchada y recordó  que se dirigía hacia su armario.

– ¿Qué buscas? – Le preguntó Beatriz, su esposa, al entrar a la cocina y verlo tan dubitativo frente al refrigerador abierto.

Reymundo Sanjuan cerró la puerta, se giró hacía ella y sonriendo le respondió.

– Nada cariño nada, despistes a los que nos lleva la vejez, – le dijo caminando hacia la puerta de la cocina para abandonarla y al pasar junto a su esposa, acercó su rostro al de ella y  sin detenerse la beso en la mejilla. Beatriz sonrió y antes que él se alejara, le dio una palmada en las nalgas y en broma le gritó:

– Ve a llevar eso a la habitación y levanta los pies vejestorio.

Él acababa de cumplir los sesenta años y ella cumpliría dentro de poco los cincuenta y por entonces, ambos se hacían bromas sobre cómo se manifestaba en ellos el paso inexorable del tiempo.

Diez años  habían transcurrido desde aquella escena en la cocina y no dejaba de lamentar el haberse tomado a broma tantas señales, como aquella otra en la que por la misma fecha, Reymundo se despertó en la madrugada, caminó hasta el armario, abrió la puerta, extrajo uno de los cajones y orinó en el creyendo que estaba en el servicio.

– Deja de mortificarte con eso, que no hubieses podido hacer nada para evitarlo. – Intentó calmarla Alexandra, la doctora que confirmó la enfermedad del olvido en su esposo.

– ¿Qué puedo hacer para ayudarlo? – Preguntó Beatriz desde la impotencia en la que la había dejado el diagnóstico médico.

– Para ayudarlo a él nada. Para ayudarte a ti, llenarte de paciencia y mucha comprensión, para cuando lleguen los peores momentos. – Contestó la doctora apartándose de cualquier precepto científico.

Tiempo después Beatriz se preguntaría cuánta paciencia y comprensión se necesitaba acumular para afrontar sin sufrimiento las perversas manifestaciones de una enfermedad tan cruel, que roba los recuerdos al paciente, dejándolo en ese vacío tan profundo, ese espacio de fría indiferencia hacia los seres queridos con quienes se ha compartido tantos momentos de amor y felicidad.

Beatriz amaba a su esposo con la serenidad y el agradecimiento cultivados en treinta años de feliz convivencia y estaba segura que Reymundo correspondía a esos sentimientos. Por eso, aceptaba con resignación los descuidos con el aseo personal en que incurría o sus inesperados ataques de ansiedad, pero le  era imposible evitar el dolor, la tristeza y hasta la indignación que le ocasionaban aquellos ataques de ira de Reymundo hacia las personas de su entorno, y lo que era peor, que hubiese olvidado que ella era su esposa y que esos extraños, a quienes él se refería, eran sus hijos.

Sintió remordimientos al pensar que la maldita enfermedad era más dolorosa para ella y toda su familia, que para su mismo marido y se avergonzó por eso.

Supo que él sufría tanto como ellos, una tarde antes de que el impenetrable manto del olvido cubriera para siempre sus recuerdos. Ese día, Reymundo Sanjuan le contó que sabía dónde estaba su memoria, que él había llegado hasta allí, un lugar muy recóndito llamado Hipocampo, más allá del lóbulo temporal, en lo profundo de su universo.

Le explicó que era un lugar muy especial, de caminos muy angostos e intrincados y casas con formas asimétricas encajadas perfectamente unas al lado de otras, construidas en un material esponjoso de color crema, sin más sonido que el impulso que trasmitían las emociones. Un lugar envuelto en una circunferencia ovalada limitada únicamente por la imaginación de sus residentes.

Le aseguró que allí había construido su almacén de recuerdos. Un inmenso espacio dividido en secciones en el que los había guardado todos, clasificándolos por los sentimientos que los habían originado:

Recuerdos de la infancia y la juventud; de amores y desamores; recuerdos de hechos dulces y amargos; de triunfos y derrotas; de momentos de abundancia y escases e incluso de egoísmo y hasta aquellos que no eran para compartir con nadie.

Le confesó que era un almacén fascinante al que desafortunadamente cada día le costaba más encontrar, pero juró que recientemente había estado allí, en la sección de recuerdos buenos, disfrutando de su amor y los momentos felices que había vivido junto a ella, sus hijos, su familia y sus amigos.

Los recordó a todos con una extraordinaria lucidez, un emotivo brillo en la mirada y esa contagiosa tonalidad en las palabras, que sólo se consigue cuando se evoca con intensidad, la belleza de los recuerdos vivos.

– Por qué no me enseñas el camino y lo hacemos junto. – Le dijo Beatriz con voz temblorosa por la emoción.

El la miró con el entusiasmo de la reminiscencia aún presente en su rostro y cuando quiso responder, una profunda tristeza cortó de repente su impulso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su voz perdió la encantadora tonalidad para dar paso a un susurro con el que le contestó.

– Porque no lo recuerdo.

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Alfonso Ricaurte Miranda

10relatos10emociones@gmail.com

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